Si el otro no quiere, ¿por qué insistes?
No respetar la intimidad de los demás es negarte la libertad de ser tú
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Desde la más temprana infancia, hemos vivido con la ilusión de que somos “especiales”, y de que merecemos el cielo y las estrellas. Es la forma en que la mayoría de los padres, y los padres de sus padres, y los padres de los padres de nuestros padres…, también lo vivieron a partir de falsas creencias, ocasionando la construcción de reglas específicas en la manera de percibir sus vínculos con los demás.
Y no es que ningún padre quiera ver lo mejor en sus hijos, elevándolos o idealizándolos a los estados más álgidos de perfección, por supuesto que no, son lo más preciado para ellos; sino que de forma categórica a partir de una condición preferencial, así mismo generan conceptos ideológicos muy distintivos hacia lo que son sus parejas, amigos, e incluso su nacionalidad o estatus de vida, etc., desarrollando un sistema muy práctico de anulación o de discriminación social, sin considerar siquiera, la concepción de la individualidad de cada persona. Esta individualidad que conlleva no solo a distintas maneras de pensar, de sentir y de actuar, sino además, a distintas formas de vivir su vida, su sensibilidad o la distribución de su energía.
A raíz de esta situación, se crea a su vez un molde de predisposición perceptiva de los distintos comportamientos en los demás, que puedan hacer referencia a lo que esperan de ellos. De ahí que se generan (a veces sin siquiera advertirlo), una serie de problemas y desacuerdos debido a que el otro no responde tal y cómo ellos quieren, surgiendo aquí la posibilidad incipiente de verse en la necesidad de comprender que sea con quien sea, solamente se puede ”compartir lo compartible”, y nada más. Te explico a continuación a qué me refiero.
Esto, no solamente abre la posibilidad de que comprendamos que no importando qué tanto compartamos con el otro, incluso con mi hijo estimadísimo o mi amadísima pareja, aún así, no lo podemos compartir todo con ellos. Entonces respetarlo y no tomarlo a personal, generando reclamos o maneras absurdas e inmaduras de comportamiento, que al final, siempre son tomadas en cuenta por el otro que está incorporando un límite que no puedes franquear. Luego entonces, para qué insistir.
Cuando el otro insiste e insiste a que lo comparta todo con ellos, es una invasión a mi intimidad.
Mi invitación es a que tú comiences a comprenderlo y aplicarlo en tu vida cotidiana, cotejándolo con el nivel de respuesta en cuanto a la calidad y el grado de disfrute en cada una de tus relaciones al hacerlo.
Antes que nada, en lugar de concebirte desde la idea reduccionista y pueril de pensar que eres “especial”, tal y como lo aprendimos o lo vimos en películas de Disney, concíbete desde la idea creativa y lúcida de pensar que eres único, así como todos y cada uno de los habitantes de este planeta, incluso, todas y cada una de las especies con las que lo compartimos. Desde la idea de que eres único, única, cabe la posibilidad de desarrollar la siguiente reflexión:
Ser único significa no solamente que cada uno de nosotros tenemos muy diferentes maneras de pensar, de creer y de sentir, sino que además, poseemos distintas características genéticas y de comportamiento, formas y figuras, ya lo sabes. Y hemos pasado también por diferentes experiencias y circunstancias de vida de todo tipo, que han configurado punto por punto nuestro perfil cultural, es decir, todo aquello que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida, incluso antes de haber nacido a través de las experiencias intrauterinas (que es un tema fascinante para otro post).
En fin, ahora imagínate tú poseyendo todas estas peculiaridades descritas, y despéjalas en los demás; cualquier persona que conozcas y hayas conocido anteriormente. ¿Comienzas a comprenderlo?
A partir de todas estas diferencias, te comparto este aforismo que usamos en Semiología de la Vida Cotidiana®:
“Todos tenemos las más profundas razones para ser como somos y para hacer lo que hacemos” -Dr. Alfonso Ruiz Soto®
Y todos contamos con estas tres características:
Todos tenemos una vida íntima:
En muy resumidas cuentas, tu vida íntima es la comunicación tú contigo. Es tu “núcleo de identidad personal (nip)”. Tu “universo interno de significación”. Es todo lo que tú puedes percibir de ti mismo. Son tus cinco “Potenciales genéticos” (ya los vimos anteriormente) y su desarrollo. De aquí el regalo de poder disfrutar de tu soledad y de tu propia intimidad. Cuando no se sabe estar con uno mismo, nos apegamos a los demás y sufrimos cuando no los tenemos o cuando no nos dan lo que esperamos.
Todos tenemos una vida privada:
Esta deriva de lo que vas compartiendo de tu vida íntima con quienes conoces y con quienes te conocen. Es un intercambio bidireccional; de ida y vuelta. De aquí la importancia de poder saber observar para gestionar una reciprocidad con personas afines. Porque muchas veces aunque sean tus hermanos, tus padres o amigos, no necesariamente significa que tu intimidad pueda estar bien resguardada. O tú mismo violar la de ellos, luego entonces, ese vínculo se puede fracturar.
Todos tenemos una vida pública:
Esta vida se da de manera impersonal. Es la comunicación que tú generas con personas que no conoces y que tampoco te conocen. Por ejemplo: Las que ves pasar en las calles, o las personas que alguien más te presentó pero jamás hubo un intercambio de intimidad. Es una vida unidireccional, por ejemplo, cuando tú sabes casi todo de tu artista favorito y te desvives por él o por ella, y ellos no tienen ni la más remota idea de quién eres.
Pero todas esas personas dentro de tu vida pública, pueden llegar a conocerte y tú también, dándose entonces ese intercambio de intimidad y pasar a ser parte de tu vida privada, o incluso de tu vida íntima. Simplemente velo de esta manera, algunas de las personas que ahora conoces, en su momento, fueron parte de tu vida pública. Así que aun tienes esperanza de casarte con tu ídolo. O cuando menos ir a un meet and greet para conocerlo. ;)
En la medida en la que tú vayas compartiendo tu vida íntima con los demás, y viceversa, irán creando un vínculo en menor o mayor medida de “intimidad compartida”. De aquí la gran importancia de considerar siempre, qué tanto de nuestra vida íntima queremos compartir con el otro, y qué tanto el otro la quiere compartir con nosotros. Porque mientras más intimidad compartan, más unidos se sentirán. No obstante, tu intimidad y la de los demás es sagrada, y no tienes por qué compartirla con nadie si no quieres. Debe de ser graduada y muy bien resguardada para dársela a quien la sepa valorar. Fíjate bien con quien la compartes y no se la exijas a nadie. Sé discreto. Porque por otro lado, ¿cuánta intimidad anda regada por ahí en boca de todos?
¿Quieres saber cuánta?
Solo obsérvalo en los círculos y redes sociales. Se llama chisme. Mucho cuidado, porque el chisme lo único que devela, es la propia insatisfacción en la vida de las personas, que de forma muy casual y socialmente aceptable, de manera muy sutil o suficientemente elocuente, hablan mal de los demás.
Pero regresando al tema, cuando insistimos en querer compartirlo todo con alguien y por las razones que te comento, no sucede como lo esperamos, puede provocar desilusión, y muchas de las veces podemos creer que simplemente no le importo tanto como él o ella a mí, luego entonces lo juzgo categorizándolo de esa manera, y creando una disminución en la calidad de mis vínculos. Es la falsa personalidad y el condicionamiento que te comenté desde el principio, creyendo que eres especial y que una persona especial merece todo ese tipo de atenciones.
Te reitero cambiar el significado por ser único y no especial. El ser único es saber percibirte literalmente como una “singularidad cósmica”. No hay nadie como tú en el universo. De hecho, sin ese alguien como tú, el universo no podría expresarse tal y como es: de una y todas las formas posibles.
Cada una de nuestras muy personalísimas versiones de ser, hace que el mundo esté lleno y vasto de diversidad. Sin estas singulares propuestas, no sería tan bello como siempre ha sido. Por muy romántico o cursi que tal vez suene esto, considéralo. Porque cuando queremos que el otro sea igual a mí y lo comparta todo conmigo, es como creer que la belleza radica en lo similar y no en lo diferente. Sería un absurdo. ¿Qué compartiríamos con las personas que no terminara en un desgastante hastío? Sería como comer siempre el mismo cocido que no más ansío.
Es el gozo y el disfrute de abrirte a comprender a compartir lo compartible con los demás.
Comprender todo esto, es genuinamente entender la individualidad de cada quien, y que si me abro al ejercicio mental de que solo puedo compartir lo compartible con el otro, es decir; solo lo que ellos estén dispuestos a dar y yo también, entonces mis relaciones las vivo al máximo de lo posible y la vida jamás falla. Habrá con quienes compartas menos o con quienes compartas más. De cualquier forma, es un privilegio. Pero grábatelo en el alma, finalmente, es imposible compartirlo todo con nadie. No te resistas, ni lo racionalices tanto, simplemente, así es.
Si lo deseas, comparte este post y tu intimidad de conocimiento con alguien más. Tal vez ellos hagan lo mismo.
Muchas gracias por leer.
Nota del autor:
Algunas de las nociones compartidas con la audiencia en este fragmento, forman parte fundamental de una categoría de temas mayores y más profundos que se estudian en Semiología de la Vida Cotidiana®.